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La fábula del liquen

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Hace millones de años, un alga perdida y un hongo solitario decidieron compartir su vida. De aquella amistad nacieron los líquenes, seres que cubren el mundo, donde quiera que vayamos.

Ocurrió hace muchísimo tiempo, tanto, que solo las rocas guardan su memoria. En ese momento, al que le llamamos periodo Devónico —hace 420 millones de años—, la Tierra lucía como una esfera azul en la que apenas se intuían los rasgos que vemos en el planeta hoy en día.

En aquel mundo los continentes eran apenas tres masas (Siberia, Euramérica y Gondwana), rodeadas por un inmenso mar al que llegaba un abundante ramillete de ríos y arroyos, cargados de las hojas de aquellas plantas que habían colonizado la tierra algunos millones de años atrás. En ellos nadaba Tiktaalik, un mítico pez de dos metros, más parecido a un cocodrilo que a las bailarinas doradas que decoran los acuarios de los restaurantes.

Colores y longitudes de onda

Tiktaalik fue uno de los primeros vertebrados capaces de salir del agua.

Un día Tiktaalik decidió salir del agua. Movió su poderosa cola de un lado a otro hasta que sintió la arena rozando su vientre. Con sus aletas delanteras remó sobre el suelo, con un movimiento trabajoso y desconocido. Cuando abandonó toda humedad dio un salto de fe, llenó sus pulmones de aire, y con una sacudida celebró no ahogarse en la atmósfera terrestre. Había sido uno de los primeros vertebrados en salir del agua y se convertiría en el abuelo de los vertebrados terrestres, incluyendo a los humanos.

Pero esa no fue su única hazaña...

Liquen 1

El liquen escudo verde manchado (Flavopunctelia flaventior) es uno de los habitantes más discretos y, a la vez, más abundantes de la ciudad. Se aferra a los troncos como si los hubiera salpicado una lluvia de manchas verdes, blancas o grises. De cerca, pequeñas estructuras sobrepuestas y similares a hojas forman redondeados abanicos llenos de relieve.

Separador liquenes bellos

Al sacudirse arrojó cientos de gotitas a su alrededor, algunas cayeron sobre la arena, otras en el agua, pero una alcanzó el tronco de un árbol cercano. En su interior viajaba una célula verde, húmeda y redondeada: un alga.

Había pasado toda su vida flotando en el arroyo y, al verse fuera de él, bajo el sol de mediodía, supo que no podría continuar mucho tiempo con vida. En las próximas horas se secaría lentamente hasta morir. Mientras hacía las paces con su destino sintió algo a su alrededor, como pequeños dedos que tímidamente la inspeccionaban. Luego, los dedos se estiraron hasta formar una red que la acunó y entonces escuchó una voz:

—¿Qué eres tú? —preguntó el ser con un sonido que se mezclaba con el viento.
—Soy un alga, pero pronto dejaré de serlo... ¿Tú qué eres?
—Soy un hongo, llegué a este tronco como una espora y lo he hecho mi hogar ¿Por qué dejarás de ser un alga?
—Me temo que, si no vuelvo al agua, voy a morir...

El hongo sintió la inminente muerte de su nueva amiga como una carga asfixiante.
—No puedo regresarte al agua —respondió—, pero sí puedo salvarte de la muerte.
—¿Cómo? —respondió el alga, sin mucha esperanza.
—Tengo una idea. Los hongos como yo aprendimos a beber el agua que flota en el ambiente. La dejamos pasar a través de las membranas de nuestras células y así nos mantenemos hidratados. Si te abrazo con mi cuerpo, puedo darte toda el agua y la protección que necesitas. Vivirás aquí conmigo, en la tierra, y juntos seremos parte de un mismo organismo.

Liquen 2

Los líquenes también pueden parecer coloridas manchas o costras de pintura sobre superficies como rocas y troncos, sin relieve alguno además del de la superficie en la que crecen. De vez en cuando, a la hora de reproducirse, pueden crecer puntos vistosos, como en el caso del liquen mancha de sangre (Género Haematomma), otro habitante de los bosques colombianos.

El alga vaciló por un instante. Vivir en la tierra no era algo muy común para las de su tipo, y por un momento sospechó que todo aquello no era más que una trampa para convertirla en la merienda del hongo. Sin embargo, decidió confiar: cada vez se sentía más seca y mareada y no tenía muchas alternativas. Además, el hongo parecía buena gente. O un buen hongo, más bien.

—Abrázame — sentenció.

El hongo extendió su red alrededor del alga con mucha delicadeza, como si rodeara algo precioso y la ungió con sustancias que la protegían del sol y las enfermedades. El alga se sintió más verde, más viva, su cuerpo recuperaba toda el agua que le había quitado el sol. El abrazo del hongo estaba funcionando.

Se llenó de euforia y gratitud.

—Quiero devolverte la bondad que me has dado, hongo —dijo el alga. Como no podía corresponder a su abrazo, le propuso: —deja que tus células crezcan hasta mi interior y construyan un puente entre nosotros. Por él viajará todo el alimento que cree con la luz del sol, y lo compartiremos.

Y así fue como el hongo y el alga se convirtieron en uno solo. Se llamaron liquen.

Liquen 2

Algunos líquenes crecen de forma frondosa, como pequeños arbustos o delicadas marañas de pelo. A primera vista pueden recordar a las bromelias aéreas, pero basta observarlos con atención para notar la diferencia: nacen de un único punto de anclaje y se extienden en finas ramas que se bifurcan una y otra vez. Quien camine con calma por el campo o por las áreas verdes de la ciudad quizá se cruce con uno de ellos: el liquen barba de viejo (género Usnea).

Separador liquenes bellos

Su amistad fue tan poderosa y fructífera que pronto otros hongos y algas quisieron imitarla. En bosques, montañas, desiertos y costas, surgieron líquenes cuando las algas, traídas por el viento o prendadas en algún animal, se encontraron con hongos hambrientos que les dieron refugio.

Con el tiempo, el viento, el agua y otras fuerzas de la naturaleza fueron presentando nuevos amigos a los líquenes, hasta convertir aquella alianza en una comunidad de más de dos.

La levadura apareció justo cuando un animal prehistórico estaba a punto de devorar al liquen. Entonces lanzó una bomba química, ácida y tóxica, que hizo huir al atacante. Desde ese día se quedó como su protectora. También se unió la cianobacteria, que, así como el alga, horneaba deliciosas comidas a partir del sol y espantó al hambre para siempre.

Liquen 2

Estos organismos vienen de todos los colores, como este liquen parietino (Xanthoria parietina) , que llama la atención con intenso amarillo doradoo y una textura similar a la de los huevos revueltos, que se mezcla con estructuras similares a hojas y copas de vino.

Desde aquel encuentro, millones de años atrás, los líquenes conquistaron la tierra. Escalaron los árboles más altos de la Amazonia, se aferraron a las rocas de la tundra, habitaron páramos cercanos al cielo, volcanes imponentes y los desiertos más hostiles. Algunos aprendieron a resistir los humos contaminantes de la ciudad cuando se encontraron con ella. Se arrastraron entre los ladrillos de las chimeneas industriales, por las alcantarillas y las aceras.

En cambio, los líquenes que se quedaron en los rincones más conservados de la Tierra se hicieron hijos del aire limpio. Tan delicada es su costumbre que cualquier herida que los humanos abren en su entorno los marchita con rapidez. Su sensibilidad cuenta secretos acerca de la salud de los ecosistemas a quien sabe leerlos.

Amarillos, verdes y hasta rojos, pintan los espacios mientras el caminante desprevenido los pasa de largo. Vale la pena, entonces, respirar y caminar despacio. Tal vez en la búsqueda de la amistad entre alga, hongo y levadura —oculta en una maraña verde, en una costra de colores sobre una alcantarilla o en pequeñas estructuras que parecen hojas—, podamos descubrir otras formas de habitar el mundo.

*Este cuento fue escrito con el apoyo del liquenólogo Diego Simijaca.

Colaboración Macana - Pesquisa Javeriana

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